El bendito Redentor nos ha dejado un ejemplo para vivir los preceptos de la ley. Dice a sus seguidores: “De gracia recibisteis, dad de gracia”. Debemos tener el corazón abierto para recibir los ricos tesoros del cielo, y nuestro corazón ha de estar abierto para que salgan esas riquezas hacia otros. Necesitamos habitar en Cristo, entonces seremos un canal constante por el cual comunicará Dios a nuestros hermanos y a todo el mundo su bondadoso Espíritu…
Cuando tengamos una seguridad, clara y brillante, de nuestra propia salvación, manifestaremos alegría y felicidad propias de cada seguidor de Jesucristo. La suavizadora y subyugante influencia del amor de Dios, llevada a la vida práctica, impresionará en las mentes lo que es un sabor de vida para vida. Pero si se manifiesta un espíritu áspero y crítico apartará a muchas almas de la verdad hacia las filas del enemigo. ¡Solemne pensamiento! Tratar pacientemente con los tentados requiere de nosotros el luchar contra nosotros mismos. Pero Dios nos ha dado a Jesús y creyendo en él como en nuestro Salvador personal, todo el cielo está a nuestra disposición. La posesión comprada por Cristo nos rodea por doquiera. Por doquiera hay necesidad, desdicha y pecado. “De gracia recibisteis, dad de gracia”.—Carta 1a, 1894.
Cristo ha unido sus intereses con los de la humanidad, y nos pide que nos identifiquemos con él para la salvación de la humanidad… El pecado es el mayor de todos los males, y debemos apiadamos del pecador y ayudarle… Cuando veamos a un ser humano en angustia, ora sea por causa de la aflicción o el pecado, nunca diremos: Esto no me incumbe.—El Deseado de Todas las Gentes, 449.

Este texto es del libro devocional A Fin de Conocerle por Elena G. de White. Para ver más de sus libros, visita egwwritings.org