Cuando nos sobrevienen grandes dolores, Dios ha ordenado que debemos consolarnos mutuamente con ternura y amor. Nadie vive para sí. Nadie muere para sí. Tanto la vida como la muerte significan algo para cada ser humano… Dios ordena a sus agentes humanos que comuniquen el carácter de Dios, que testifiquen de su gracia, sabiduría y benevolencia, manifestando su amor refinado, tierno, misericordioso. Está escrito que “sus misericordias [están] sobre todas sus obras”. Salmos 145:9
Nuestra obra es la de restaurar la imagen moral de Dios en el hombre mediante la abundante gracia que nos es dada por Jesucristo. Por doquiera encontraremos almas listas para morir, y cuán esencial es que Cristo nos dé su compasión, a fin de que nunca coloquemos a un alma en oposición obstinada, por no manifestar amplia tolerancia y tierna compasión… Pregunto, ¿aprenderemos alguna vez la dulzura de Cristo?…
Cristo nos invita para ir a él no solo para refrigerarnos con su gracia y presencia durante unas pocas horas, y luego apartarnos de su luz para que nos alejemos de él con tristeza y lobreguez. No, no. Nos dice que debemos morar en él y él con nosotros. Dondequiera que se deba hacer su obra, él está presente: tierno, amante y compasivo. Ha preparado, para ti y para mí, un lugar donde morar permanentemente en él. Es nuestro refugio. Nuestra experiencia debiera ampliarse y profundizarse. Jesús ha abierto toda la divina plenitud de su amor inexpresable, y te declara: “Somos colaboradores de Dios”. 1 Corintios 3:9.—Carta 1a, 1894.
Este texto es del libro devocional A Fin de Conocerle por Elena G. de White. Para ver más de sus libros, visita egwwritings.org